Al hombre joven, mediocre.
Hoy dejo éste escrito de José Ingenieros, que refleja de manera clara, al hombre mediocre. Ese hombre que envidia, que cree vivir en la cima de una ola, cuando en realidad se esconde en la oscuridad del infierno. Hombre que desconoce los valores. Que busca la fama atacando a Dios, a la Iglesia.
Ese hombre que solo sobresale por la forma de arrastrarse.
La Envidia
La envidia es una adoración de los hombres por las sombras, del merito por la mediocridad. Es el rubor de la mejilla sonoramente abofeteada por la gloria ajena. Es el grillete que arrastran los fracasados. Es el acíbar que paladean los impotentes. Es un venenoso humor que mana de las heridas abiertas por el desengaño de la insignificancia propia. Por sus horcas caudinas pasan, tarde o temprano, los que viven esclavos de la vanidad: desfilan lívidos de angustia, torvos, avergonzados de su propia tristura, sin sospechar que su ladrido envuelve una consagración inequívoca del mérito ajeno. La inextinguible hostilidad de los necios fue siempre el pedestal de un monumento.
Es la más innoble de las lacras que afean los caracteres vulgares. El que envidia se rebaja sin saberlo, se confiesa subalterno; esta pasión es el estigma psicológico de una humillante inferioridad, sentida, reconocida.
No basta ser inferior para envidiar, pues todo hombre lo es de alguien en algún sentido; es necesario sufrir del bien ajeno, de la dicha ajena, de cualquier culminación ajena. En ese sufrimiento está el núcleo moral de la envidia: muerde el corazón como un ácido, lo carcome como una polilla, lo corroe como la herrumbre al metal.
Toda la psicología de la envidia está sintetizada en una fábula, digna de incluirse en los libros de lectura infantil. Un ventrudo sapo gaznaba en su pantano cuando vio resplandecer en lo alto de las toscas a una luciérnaga. Pensó que ningún ser tenía derecho de lucir cualidades que él mismo no poseería jamás. Mortificado por su propia impotencia, saltó hasta ella y la cubrió con su vientre helado. La inocente luciérnaga osó preguntarle: ¿Por qué me tapas? Y el sapo, congestionado por la envidia, sólo acertó a interrogar a su vez: ¿Por qué brillas?
La Vulgaridad
La vulgaridad es el blasón nobiliario de los hombres ensoberbecidos de su mediocridad; la cuestionan como el tesoro el avaro. Ponen su mayor jactancia en exhibirla, sin sospechar que es su afrenta. Estalla inoportuna en la palabra o en el gesto, rompe en un solo segundo el encanto preparado en muchas horas, aplasta bajo su zarpa toda eclosión luminosa del espíritu. Incolora, sorda, ciega, insensible nos rodea y nos acecha; se deleita en lo grotesco, vive en lo turbio, se agita en las tinieblas. Es a la mente lo que son al cuerpo los defectos físicos, la cojera o el estrabismo: es incapacidad de pensar y de amar, incomprensión de lo bello, desperdicio de la vida, toda la sordidez. La conducta, en si misma, no es distinguida ni vulgar; la intención ennoblece los actos, los eleva, los idealiza y en otros casos, determina su vulgaridad. Ciertos gestos, pueden resultar poéticos, épicos; cuando Cambronne, invitado por el enemigo a rendirse, responde su palabra memorable, se eleva a un escenario homérico y es sublime.
La Maledicencia
Los maldicientes florecen por doquier: en los cenáculos, en los clubs, en las academias, en las familias, en las profesiones, acosando a todos los que perfilan alguna originalidad. Hablan a media voz, con recato, constantes en su afán de taladrar la dicha ajena, sembrando a puñados la semilla de todas las yerbas venenosas. La maledicencia es una serpiente que se insinúa en la conversación de los envilecidos; sus vértebras son nombres propios, articulados por los verbos más equívocos del diccionario para arrastrar un cuerpo cuyas escamas son calificativos pavorosos.
Vierten la infamia en todas las copas transparentes, con serenidad de Borgias; las manos que la manejan parecen de prestidigitadores, diestras en la manera y amables en la forma. Una sonrisa, un levantar de espaldas, un fruncir la frente como suscribiendo la posibilidad del mal, bastan para macular la probidad de un hombre o el honor de una mujer. El maldiciente, cobarde entre todos los envenenadores, está seguro de la impunidad; por eso es despreciable. No afirma, pero insinúa; llega hasta desmentir imputaciones que nadie hace, contando con la irresponsabilidad de hacerlas en esa forma. Miente con espontaneidad, como respira. Dice distraídamente todo el mal de que no está seguro y calla con prudencia todo el bien que sabe. No respeta las virtudes íntimas ni los secretos del hogar, nada; inyecta la gota de ponzoña que asoma como una irrupción en sus labios irritados, hasta que por toda la boca, hecha una pústula, el interlocutor espera ver salir, en vez de lengua, un estilete. Leer más...
Ese hombre que solo sobresale por la forma de arrastrarse.
La Envidia
La envidia es una adoración de los hombres por las sombras, del merito por la mediocridad. Es el rubor de la mejilla sonoramente abofeteada por la gloria ajena. Es el grillete que arrastran los fracasados. Es el acíbar que paladean los impotentes. Es un venenoso humor que mana de las heridas abiertas por el desengaño de la insignificancia propia. Por sus horcas caudinas pasan, tarde o temprano, los que viven esclavos de la vanidad: desfilan lívidos de angustia, torvos, avergonzados de su propia tristura, sin sospechar que su ladrido envuelve una consagración inequívoca del mérito ajeno. La inextinguible hostilidad de los necios fue siempre el pedestal de un monumento.
Es la más innoble de las lacras que afean los caracteres vulgares. El que envidia se rebaja sin saberlo, se confiesa subalterno; esta pasión es el estigma psicológico de una humillante inferioridad, sentida, reconocida.
No basta ser inferior para envidiar, pues todo hombre lo es de alguien en algún sentido; es necesario sufrir del bien ajeno, de la dicha ajena, de cualquier culminación ajena. En ese sufrimiento está el núcleo moral de la envidia: muerde el corazón como un ácido, lo carcome como una polilla, lo corroe como la herrumbre al metal.
Toda la psicología de la envidia está sintetizada en una fábula, digna de incluirse en los libros de lectura infantil. Un ventrudo sapo gaznaba en su pantano cuando vio resplandecer en lo alto de las toscas a una luciérnaga. Pensó que ningún ser tenía derecho de lucir cualidades que él mismo no poseería jamás. Mortificado por su propia impotencia, saltó hasta ella y la cubrió con su vientre helado. La inocente luciérnaga osó preguntarle: ¿Por qué me tapas? Y el sapo, congestionado por la envidia, sólo acertó a interrogar a su vez: ¿Por qué brillas?
La Vulgaridad
La vulgaridad es el blasón nobiliario de los hombres ensoberbecidos de su mediocridad; la cuestionan como el tesoro el avaro. Ponen su mayor jactancia en exhibirla, sin sospechar que es su afrenta. Estalla inoportuna en la palabra o en el gesto, rompe en un solo segundo el encanto preparado en muchas horas, aplasta bajo su zarpa toda eclosión luminosa del espíritu. Incolora, sorda, ciega, insensible nos rodea y nos acecha; se deleita en lo grotesco, vive en lo turbio, se agita en las tinieblas. Es a la mente lo que son al cuerpo los defectos físicos, la cojera o el estrabismo: es incapacidad de pensar y de amar, incomprensión de lo bello, desperdicio de la vida, toda la sordidez. La conducta, en si misma, no es distinguida ni vulgar; la intención ennoblece los actos, los eleva, los idealiza y en otros casos, determina su vulgaridad. Ciertos gestos, pueden resultar poéticos, épicos; cuando Cambronne, invitado por el enemigo a rendirse, responde su palabra memorable, se eleva a un escenario homérico y es sublime.
La Maledicencia
Los maldicientes florecen por doquier: en los cenáculos, en los clubs, en las academias, en las familias, en las profesiones, acosando a todos los que perfilan alguna originalidad. Hablan a media voz, con recato, constantes en su afán de taladrar la dicha ajena, sembrando a puñados la semilla de todas las yerbas venenosas. La maledicencia es una serpiente que se insinúa en la conversación de los envilecidos; sus vértebras son nombres propios, articulados por los verbos más equívocos del diccionario para arrastrar un cuerpo cuyas escamas son calificativos pavorosos.
Vierten la infamia en todas las copas transparentes, con serenidad de Borgias; las manos que la manejan parecen de prestidigitadores, diestras en la manera y amables en la forma. Una sonrisa, un levantar de espaldas, un fruncir la frente como suscribiendo la posibilidad del mal, bastan para macular la probidad de un hombre o el honor de una mujer. El maldiciente, cobarde entre todos los envenenadores, está seguro de la impunidad; por eso es despreciable. No afirma, pero insinúa; llega hasta desmentir imputaciones que nadie hace, contando con la irresponsabilidad de hacerlas en esa forma. Miente con espontaneidad, como respira. Dice distraídamente todo el mal de que no está seguro y calla con prudencia todo el bien que sabe. No respeta las virtudes íntimas ni los secretos del hogar, nada; inyecta la gota de ponzoña que asoma como una irrupción en sus labios irritados, hasta que por toda la boca, hecha una pústula, el interlocutor espera ver salir, en vez de lengua, un estilete. Leer más...
Meme sobre SEO
Mi querido amigo "Perezoso", de El bufón digital, me ha invitado a realizar este meme, en donde tratan el tema de SEO.
Qué cosas me gustan de mi trabajo como SEO?.
1. El robo de información, y la falta de delicadeza a la hora de poner links
2. Los "Gurues de internet", como bien los nombra "Listo calisto", que a veces suelen ser soberbios, y egoistas.
3. Los días en que no se qué escribir.
Más allá del meme, yo tengo un SEO personal, que mide la calidad e importancia de mis amigos del blog, esos links que se transforman en rutas hacia sitios llenos de vida, de historias, de amigos que cuentan su vida. Ese SEO me dá en calidad de amigos un 10, y contra eso no hay Google que exista!
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Qué cosas me gustan de mi trabajo como SEO?.
- Escribir y que aquello que escribo sea recibido por la gente.
- La gente maravillosa que fui conociendo en este camino.
- Las historias que fui leyendo en los distintos sitios y que han ido alimentando mi alma
- Aprender cada dia mas de este maravilloso mundo de blogs, y sitios, y posicionamiento.
1. El robo de información, y la falta de delicadeza a la hora de poner links
2. Los "Gurues de internet", como bien los nombra "Listo calisto", que a veces suelen ser soberbios, y egoistas.
3. Los días en que no se qué escribir.
Más allá del meme, yo tengo un SEO personal, que mide la calidad e importancia de mis amigos del blog, esos links que se transforman en rutas hacia sitios llenos de vida, de historias, de amigos que cuentan su vida. Ese SEO me dá en calidad de amigos un 10, y contra eso no hay Google que exista!
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Hasta siempre Sr Presidente!!
Este maravilloso video en homenaje al ex presidente de los argentinos. Homenaje al político que respeto al pueblo, el que demostró que la política y la honestidad pueden ir de la mano, el que gobernó para radicales y peronistas, el mismo que ayer y hoy los volvió a unir, ese mismo que creía en la pluralidad de ideas, y que luchó por sus convicciones...el que tanto amó la democracia, que por eso la dió a luz en el 83 y decidió que NUNCA MAS, ella nos dejaría. Ese político, que buscaba la paz, ese político se llamó Raúl Ricardo Alfonsin.
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