Obesity Medical Center



Con motivo del lanzamiento del sitio de Clínicas Obesity Medical Center, me solicitaron que hiciera un análisis del diseño de la página .

Obesity es un centro especializado en el tratamiento de la obesidad. Su principal reto, es que los pacientes logren el objetivo de adelgazar y para ello utilizan un tratamiento que va acompañado de psicólogos encargados de dar al paciente una orientación para afrontar correctamente el desafío de adelgazar.

En el caso de requerir el paciente una cirugía, se tomarán todas las medidas tendientes a asegurar al paciente la tranquilidad necesaria.

Obesity Medical Center, muestra de ésta manera la seriedad con la cual toman a cada paciente.

En el sitio la información sobre la función de la clínica y la asistencia que brindan es bastante satisfactoria.

Además se puede encontrar toda la información necesaria para saber cuál es el origen de la obesidad, y que la causa. Contando también con una sección en donde se puede consultar el índice de masa corporal y determinar así cuántos kilitos de más hay que adelgazar.

Algo que vale la pena resaltar son los testimonios de pacientes, los cuales complementan la información además de darle más seriedad al sitio.

Cuenta también con un blog, en donde los usuarios podrán encontrar los distintos tratamientos que se ofrecen y noticias sobre la obesidad.

Finaliza el sitio con una sección en la cual se puede observar las distintas zonas en donde están las clínicas de Obesity.

En síntesis, nos encontramos con un sitio sencillo, con información suficiente para que un lector que desee hacer el tratamiento, decida de manera eficaz.



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Cambiar el mundo.


No seguía a Michael Jackson, no tenía sus CDs, ni siquiera sabía el nombre de sus canciones. No niego que lo conocía y que seguramente escuché más de una vez canciones de él, pero juro que no sabía quien la cantaba.

En estos dias vi y leí cosas horribles, muy dolorosas. Vi un grupo de fans festejar el poder ir a verlo muerto a Jackson. Acaso no lo amaban? ¿los fans no aman a quien siguen?. Acaso era más importante verlo muerto, que recordar su voz?. Leí miles de burlas hacia él ¿acaso no era un ser humano que merecía respeto?. Me sorprendió leer esas burlas de personas que fueron juzgadas por su religión, como también en una época fue juzgada la raza negra. Burlas sobre la pedofilia,a la cual habían vinculado a Jackson pero el tiempo se encargaría en demostrar que fue todo una mentira, y que él no había abusado de nadie.Pero las burlas estaban, y lo más triste es que buscando burlarse de él, terminaban burlandose también de niños.

Hoy en el funeral de Michael Jackson, estuvieron sus hijos. Cantaron. Le dijeron adios, como muchos de sus amigos, familiares, amores. Hoy los niños le dijeron adios a un ser humano.

No seguía a Michael Jackson. No escuchaba su música. No sabía su historia....pero su muerte, me afectó. La muerte me afectó.

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Alerta alerta el pampero ya se acerca


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Al hombre joven, mediocre.


Hoy dejo éste escrito de José Ingenieros, que refleja de manera clara, al hombre mediocre. Ese hombre que envidia, que cree vivir en la cima de una ola, cuando en realidad se esconde en la oscuridad del infierno. Hombre que desconoce los valores. Que busca la fama atacando a Dios, a la Iglesia.
Ese hombre que solo sobresale por la forma de arrastrarse.

La Envidia

La envidia es una adoración de los hombres por las sombras, del merito por la mediocridad. Es el rubor de la mejilla sonoramente abofeteada por la gloria ajena. Es el grillete que arrastran los fracasados. Es el acíbar que paladean los impotentes. Es un venenoso humor que mana de las heridas abiertas por el desengaño de la insignificancia propia. Por sus horcas caudinas pasan, tarde o temprano, los que viven esclavos de la vanidad: desfilan lívidos de angustia, torvos, avergonzados de su propia tristura, sin sospechar que su ladrido envuelve una consagración inequívoca del mérito ajeno. La inextinguible hostilidad de los necios fue siempre el pedestal de un monumento.
Es la más innoble de las lacras que afean los caracteres vulgares. El que envidia se rebaja sin saberlo, se confiesa subalterno; esta pasión es el estigma psicológico de una humillante inferioridad, sentida, reconocida.
No basta ser inferior para envidiar, pues todo hombre lo es de alguien en algún sentido; es necesario sufrir del bien ajeno, de la dicha ajena, de cualquier culminación ajena. En ese sufrimiento está el núcleo moral de la envidia: muerde el corazón como un ácido, lo carcome como una polilla, lo corroe como la herrumbre al metal.
Toda la psicología de la envidia está sintetizada en una fábula, digna de incluirse en los libros de lectura infantil. Un ventrudo sapo gaznaba en su pantano cuando vio resplandecer en lo alto de las toscas a una luciérnaga. Pensó que ningún ser tenía derecho de lucir cualidades que él mismo no poseería jamás. Mortificado por su propia impotencia, saltó hasta ella y la cubrió con su vientre helado. La inocente luciérnaga osó preguntarle: ¿Por qué me tapas? Y el sapo, congestionado por la envidia, sólo acertó a interrogar a su vez: ¿Por qué brillas?

La Vulgaridad
La vulgaridad es el blasón nobiliario de los hombres ensoberbecidos de su mediocridad; la cuestionan como el tesoro el avaro. Ponen su mayor jactancia en exhibirla, sin sospechar que es su afrenta. Estalla inoportuna en la palabra o en el gesto, rompe en un solo segundo el encanto preparado en muchas horas, aplasta bajo su zarpa toda eclosión luminosa del espíritu. Incolora, sorda, ciega, insensible nos rodea y nos acecha; se deleita en lo grotesco, vive en lo turbio, se agita en las tinieblas. Es a la mente lo que son al cuerpo los defectos físicos, la cojera o el estrabismo: es incapacidad de pensar y de amar, incomprensión de lo bello, desperdicio de la vida, toda la sordidez. La conducta, en si misma, no es distinguida ni vulgar; la intención ennoblece los actos, los eleva, los idealiza y en otros casos, determina su vulgaridad. Ciertos gestos, pueden resultar poéticos, épicos; cuando Cambronne, invitado por el enemigo a rendirse, responde su palabra memorable, se eleva a un escenario homérico y es sublime.

La Maledicencia
Los maldicientes florecen por doquier: en los cenáculos, en los clubs, en las academias, en las familias, en las profesiones, acosando a todos los que perfilan alguna originalidad. Hablan a media voz, con recato, constantes en su afán de taladrar la dicha ajena, sembrando a puñados la semilla de todas las yerbas venenosas. La maledicencia es una serpiente que se insinúa en la conversación de los envilecidos; sus vértebras son nombres propios, articulados por los verbos más equívocos del diccionario para arrastrar un cuerpo cuyas escamas son calificativos pavorosos.
Vierten la infamia en todas las copas transparentes, con serenidad de Borgias; las manos que la manejan parecen de prestidigitadores, diestras en la manera y amables en la forma. Una sonrisa, un levantar de espaldas, un fruncir la frente como suscribiendo la posibilidad del mal, bastan para macular la probidad de un hombre o el honor de una mujer. El maldiciente, cobarde entre todos los envenenadores, está seguro de la impunidad; por eso es despreciable. No afirma, pero insinúa; llega hasta desmentir imputaciones que nadie hace, contando con la irresponsabilidad de hacerlas en esa forma. Miente con espontaneidad, como respira. Dice distraídamente todo el mal de que no está seguro y calla con prudencia todo el bien que sabe. No respeta las virtudes íntimas ni los secretos del hogar, nada; inyecta la gota de ponzoña que asoma como una irrupción en sus labios irritados, hasta que por toda la boca, hecha una pústula, el interlocutor espera ver salir, en vez de lengua, un estilete. Leer más...

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